Cuando regresamos de las vacaciones cambiamos el chip, y desde el estado de reposo volvemos a colocarlo en modo trabajo o modo lectivo. Nos preparamos para el síndrome postvacacional, organizamos la vuelta al cole (si toca) e incluso alguno nos apuntamos al gimnasio. Pero, ¿qué ocurre con el coche? ¿No estará en peores condiciones de seguridad que antes del verano?
Durante las vacaciones, buena parte de nosotros ha hecho muchos kilómetros y ha dedicado bastantes horas a conducir. Un mes antes, cuando planificábamos el viaje, poníamos a punto el vehículo. Sin embargo, la mayoría de nosotros no realiza una revisión completa una vez ha vuelto, pese a la paliza que le hemos dado al coche. Tenemos otros asuntos en mente, y lo vamos posponiendo.
En 2014, el informe El conductor racional arrojó algo de luz sobre nuestra manera de conducir. El estudio confirmó que el 18% de los trayectos de todo el año (unos 2.225 km) se realizaban durante los meses de julio y agosto. Unos años más tarde, la DGT informaba de que en la época estival se producían unos 86 millones de desplazamientos, y que el 71% de los conductores realizan viajes de largo trayecto. De estos, el 35% superan los 1.000 km de distancia.
Es decir, en verano usamos bastante el vehículo. Lo suficiente como para considerar una revisión a la vuelta por si hemos causado algún desperfecto que pueda jugarnos una mala pasada en seguridad. Pero…, ¿qué es lo que tenemos que mirar?
Un buen comienzo es revisar si tenemos programada una visita al taller por antigüedad del vehículo, o si los kilómetros que hemos sumado en verano nos incluyen en alguna revisión. Aceite y filtro, cambio de ruedas…
En los vehículos modernos la centralita u ordenador de abordo suele indicarnos pasar por el taller. Si no, siempre podemos hacer una revisión completa. Pensemos que durante los meses laborales nos será difícil sacar tiempo, y estaremos usando el vehículo durante largos periodos.
Las revisiones más frecuentes son las que incluyen los fluidos del vehículo. Te las explicamos una una qué mirar y dónde.
El motor suele considerarse la pieza clave del vehículo, por aquello de que de poco nos servirá si se encuentra en mal estado. El aceite dentro del motor cumple una función crucial, formando una película viscosa que reduce el contacto.
Sin el aceite, algunos metales del motor se calentarían hasta fundirse y podrían quedar soldados, por lo que es importante revisar su nivel:
Se aconseja un cambio de aceite cada 20.000 kilómetros, o una vez al año.
Los frenos de los coches modernos funcionan mediante un circuito hidráulico que conviene revisar periódicamente (una vez cada seis meses, por ejemplo) por motivos obvios. No queremos quedarnos sin frenos en carretera, por lo que:
Se aconseja cambiar el líquido de frenos cada dos años, aproximadamente.
Este líquido ayuda a absorber parte del calor que genera la combustión, por lo que evita que el motor alcance temperaturas elevadas. Es conveniente comprobar el nivel cada 20.000 o 30.000 km:
Se aconseja cambiar el líquido refrigerante cada 40.000 kilómetros.
Para ayudarnos a manejar la dirección, otro sistema hidráulico usa este líquido, que deberíamos comprobar al menos una vez al año:
El líquido de la dirección asistida no suele cambiarse, salvo golpes o desperfectos.
Aunque pueda parecer que su función tiene una importancia menor que los mencionados, este agua es clave para una buena visibilidad y para una conducción segura. Es recomendable revisar con frecuencia su nivel:
Siempre resulta aconsejable revisar los neumáticos una vez al mes, tanto si hacemos muchos como pocos kilómetros. La mayoría de las veces tan solo tendremos que ajustar la presión de los neumáticos, pero en ocasiones habrá que verificar el desgaste del dibujo.
El neumático es un elemento clave en la seguridad del vehículo. Una presión inferior a la recomendada por el fabricante se traduce, además de en un consumo excesivo, en menor adherencia y frenadas más largas, más un desgaste mayor.
Por el contrario, una presión alta disminuye el agarre y aumenta el peligro de reventón por sobrecalentamiento, así como las posibles averías en otros elementos como el sistema de suspensión o la dirección del vehículo.
Es recomendable no superar una desviación de ±0,3 bar de lo que nos marque el manual de mantenimiento.
Todos los neumáticos tienen un dibujo, escultura o grabado con cierta profundidad. Cuando esta alcanza los 2.5 o 2 mm es recomendable cambiarlos, e incluso es ilegal circular si el dibujo baja de 1.6 mm.
También se deberá cambiar un neumático que haya superado los 10 años desde su fecha de fabricación, ya que el material pierde propiedades con el tiempo. Si tenemos dudas, podemos acudir al taller.
Este es uno de esos puntos en los que tendremos que acudir al taller, ya que es complicado que tengamos las herramientas o los conocimientos con los que hacer estas dos revisiones.
El equilibrado de los neumáticos suele hacerse en el momento en que se montan o desmontan las ruedas, y es una operación de taller que permite que los neumáticos giren sin vibrar. Las vibraciones son una causa importante de otros defectos en el vehículo, por lo que no hablamos de una revisión menor.
El paralelo de la dirección suele revisarse junto con el estado de los amortiguadores, y se asegura de que los ángulos de las ruedas sean los correctos para una buena conducción. Es un factor que influye a nivel económico (por una elevada fricción) y de seguridad.
Tanto si hemos tenido algún golpe como si hemos cambiado algún elemento (dirección o ruedas) tendremos que hacer el equilibrado. Si no, se recomienda hacerlo cada 15.000 km o una vez al año, por seguridad.
Más vale prevenir que curar, y mantener nuestro vehículo en buen estado es clave para una conducción segura. Nos permitirá responder mejor a los peligros que puedan surgir en la vía. Tras las vacaciones, y con un vehículo que acaba de recorrer miles de kilómetros (a veces del tirón) nunca está de más hacer una revisión completa.
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Juan Serrano Cañizares
Andrea Moreno (Coyote)
CLAUDIA CRESPO